Identidad y diferencia

“La identidad se aplica a todo. Se exige que cada cosa sea ella misma”  (Zubimendi, Identidad y diferencia, 1993)

Redone Brassillach, oil on canvas, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

Redone Brassillach, óleo sobre lienzo, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

Que cada cosa sea ella misma y no sea ninguna otra.

Esta es la premisa desde la cual Julián Zubimendi enfoca el tema de la identidad en un texto que escribió en el año 1993 en el que trata la relación directa e imprescindible de la identidad y la diferencia y donde explica cómo ha sido entendida la identidad en las distintas etapas de la historia, convirtiéndose, con este repaso histórico, en un artículo de gran utilidad para examinar reacciones sociales que se dan en la actualidad.

Zubimendi, profesor titular de Filosofía y Antropología de la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona, parte del análisis de la concepción dominante sobre la identidad: aquella que des de una posición nominalista define que todo lo que existe es particular, convirtiéndose así como innegable el hecho de que lo mínimo que se le puede pedir a cada cosa, es que sea ella misma y no sea otra.

Esta posición sería desde la que se entiende que a partir de datos positivos podemos identificar cualquier cosa, es decir, que datos como “de piel morena”, “mide 1,70m” y “lleva corbata” serían de una cualidad informativa tal como la de los datos “pelirrojo” “mide 2 metros” y “lleva falda escocesa”, aunque a todos nos parecerá mucho más sencillo identificar a una persona a partir de los últimos datos que a partir de los tres primeros ya que, estos últimos, responden a un grupo menor de individuos, es decir, es a partir de lo que es más distinto que podremos llegar más fácilmente a identificar a alguien. Con un ejemplo de este tipo, Zubimendi subraya la importancia de la diferenciación como elemento necesario para la identificación “Si la identificación es la plasmación de la identidad y la identidad es algo propio de cada cosa aisladamente considerada y no tiene nada que ver con la alteridad o la diferencia, tan informativas serían las características del primer caso como las del segundo. Sorprendentemente resulta que no es así: para identificarlo lo mejor es señalar la diferencia con respecto los otros”.

Los datos en sí nos incapacitan para determinar a un individuo, por lo que podemos entender que la información que será más útil para este propósito, será aquella que nos ayude a descartar, es decir, a partir de unos datos no podemos señalar qué es, sino qué no es. La identidad parte de la exclusión a partir de la alteridad porque el lenguaje es incapaz de describir aquello particular, ya que lo más identificador es lo más accidental, como una cicatriz, por ejemplo, o el trazo de una firma. Son cosas sensibles que no pertenecen al lenguaje “Sorprendentemente (dice el autor) la identidad sustenta el lenguaje, pero no puede ser dicha”.

oil on canvas, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

Óleo sobre lienzo, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

A partir de aquí, Zubimendi abre un interrogante: No podemos identificar positivamente a los otros pero ¿Uno mismo se puede identificar? ¿Podemos decir quien somos, entonces?

A lo largo de la historia a cada concepción del sujeto le ha pertenecido una concepción colectiva, en cada época la colectividad se ha encargado de posicionar la identidad. La primera concepción esencialista del sujeto se le asocia a la concepción de pueblo elegido, ya que cada uno tenía sus dioses, su lenguaje (considerado el original en contra del que “balbuceaban” los bárbaros) y una apreciación en decidir lo que era humano y lo que no.

Más tarde, en Europa, con la Ilustración y la secularización del cristianismo, la identidad ya no dependía esencialmente de la relación con los dioses, sino de su substituto, el Volksgeist o espíritu del pueblo, que concebía la historia de cada pueblo como la expresión de destino en lo universal y consideraba la nación como el despliegue del genio propio de la raza, donde las leyendas sobre la patria servían para construir una identidad normativa. El hombre era su historia, el proceso de autoproducción recogido en su memoria, de esta manera la identidad pasaba a ser una función dinámica de unificación. Esta era la época de la novela: la vida como la historia del camino, todas las disparidades y fortunas de la vida eran ocasiones para, como dice el autor, el “despliegue del genio, de la individualidad creadora para el juego de sí mismo (self), para la manifestación de la identidad” Entendido el self como el yo mismo, la idea que tengo de quien soy y que quiero que el otro tenga de mí, de la cual uno nunca se desprende en sus actuaciones ante los demás.

El quinto en discordia, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

El quinto en discordia, Alain Urrutia (Bilbao, 2012)

La secularización radical nos lleva hasta el día de hoy, en el que ya no se escriben este tipo de novelas porque la historia se muestra hacia los individuos como fragmentada, y éstos, sumidos en los procesos de globalización, corrompen en un caos de despersonalización en el que cualquier posición no explicable bajo términos cuantitativos, preferiblemente económicos, es deslegitimado como mitológica. Zubimendi considera que “Ya no somos ni la identidad fija de una esencia ni la unidad estética de un proceso” sino que nuestra identidad está formada por la interiorización de imágenes de los otros, “de los supuestamente diferentes que a su vez se identifican a partir de otros.” Aun así, la identidad se presenta como algo imprescindible, ya que quien la pierde pierda a su vez su mundo, es decir, su punto de vista, convirtiéndose en un loco.

Es la etapa de la indiferencia universal, donde algunos responden con formaciones defensivas y reactivas basadas con la negación del otro, siendo los nacionalismos y los fundamentalismos intentos de retorno a una situación pasada que se imagina como mejor.

*Las pinturas son de Alain Urrutia http://www.alainurrutia.com/

*Imagen de la cabecera: collage de Deborah Stevenson

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