Lo viscoso

 

Captura de pantalla 2016-08-31 a las 17.10.28Pero, si consideramos lo viscoso, advertimos (aunque haya conservado misteriosamente toda la fluidez, como si fuera a marcha lenta y sin confundirlo con los purés, en los que la fluidez, insinuada, sufre bruscas rupturas, bruscas interrupciones, y la sustancia, tras un intento de ir a derramarse, bruscamente da la vuelta) una voltereta que presenta una histéresis constante en el fenómeno de la transmutación en sí mismo: la miel que fluye de mi cuchara sobre la miel contenida en el recipiente comienza por esculpir la superficie, destaca en relieve sobre ella, y su fusión con el todo se presenta como una postración, un hundimiento, que aparece a la vez como un desinflarse (piénsese en la importancia, para la sensibilidad infantil, del hombrecillo de goma que se «hincha» como el vidrio y se desinfla, dejando oír un lamentable gemido) y como la depresión, el aplanamiento de los senos algo flácidos de una mujer que se tiende de espaldas.

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Hay, en efecto, en lo viscoso que se funde en sí mismo, a la vez una resistencia visible, como el rechazo del individuo que no quiere anonadarse en la totalidad del ser, y, al mismo tiempo, una blandura llevada a su límite extremo, pues lo blando no es sino un anonadamiento detenido a mitad de camino; lo blando es lo que mejor nos devuelve la imagen de nuestra propia potencia destructiva y de sus límites.

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La lentitud de la desaparición de la gota viscosa en el seno del todo se da primero como blandura, ya que es como un anonadamiento retardado, que parece querer ganar tiempo; pero esta blandura va hasta el fin: la gota se encenaga en la capa viscosa. De este fenómeno nacerán diversos caracteres de lo viscoso: en primer lugar, es lo blando al tacto. Si echarnos agua al suelo, se derrama; si echamos una sustancia viscosa, se extiende, se aplana, es blanda; si tocamos lo viscoso, no huye: cede. Hay en la misma imposibilidad de coger el agua una dureza implacable que le da un sentido secreto de metal. En última instancia, es tan incompresible como el acero. Lo viscoso es compresible. Da, pues, de entrada, la impresión de un ser al que se puede poseer, y doblemente: su viscosidad, su adherencia a sí, le impide huir -puedo, por ende, cogerlo entre las manos, separar una cantidad de miel o de pez del resto del tarro y con ello crear un objeto individual por creación continua-, pero, a la vez, la blandura de esa sustancia, que se me despachurra entre las manos, me da la impresión de que la destruyo perpetuamente. Es la imagen de una destrucción-creación.

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Lo viscoso es dócil. Ahora bien, en el momento mismo en que creo poseerlo, he ahí que, por un curioso viraje, es él quien me posee. Aquí aparece su carácter esencial: su blandura hace ventosa. Si el objeto que tengo en la mano es sólido, puedo soltarlo cuando me plazca, su inercia simboliza para mí todo mi poder; yo lo fundo, pero él no me funda: es el para-sí que recoge en su seno al en-sí y lo eleva a la dignidad de en-sí, sin comprometerse, manteniéndose siempre como poder asimilador y creador: es el para-sí que absorbe al en-sí. En otros términos, la posesión afirma la primacía del para-sí en el ser sintético «en-sí-para-sí».

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Pero lo viscoso invierte los términos: el para-sí queda de pronto envuelto en un aprieto. Aparto las manos, quiero soltar lo viscoso pero se me adhiere, me absorbe, me aspira; su modo de ser no es ni la tranquilizadora inercia de lo sólido, ni un dinamismo como el del agua, que se agota en su huida; es una actividad blanda, babosa y femenina de aspiración; vive oscuramente entre mis dedos y siento como un vértigo: me atrae a él como podría atraerme el fondo de un abismo.

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Hay una especie de fascinación táctil de lo viscoso. No está ya en mi mano detener el proceso de apropiación: éste continúa. En cierto sentido, hay una especie de docilidad suprema de lo poseído, una fidelidad perruna que se da aun cuando no se quiera más de ella; y, en otro sentido, bajo esa docilidad, hay una taimada apropiación del poseedor por el poseído.

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Vemos aquí cuál es el símbolo que bruscamente se descubre: hay posesiones venenosas, existe la posibilidad de que el en-sí absorba al para-sí; es decir, de que un ser se constituya a la inversa del «en-sí-para-sí», de modo que el en-sí atraiga al para-sí a su contingencia, a su exterioridad de indiferencia, a su existencia sin fundamento. En ese instante capto de pronto la trampa de lo viscoso: es una fluidez que me retiene y me pone en un aprieto; no puedo deslizarme sobre lo viscoso, pues todas sus ventosas me retienen; él tampoco puede deslizarse sobre mí, pero se agarra como una sanguijuela.

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Con todo, el deslizamiento no está simplemente negado, como en el caso de lo sólido, sino degradado: lo viscoso parece prestarse e invitarme a él, pues una capa viscosa en reposo no es sensiblemente distinta de una capa de líquido muy denso; sólo que es una trampa: el deslizamiento es succionado por la sustancia resbaladiza y deja vestigios sobre mí.

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Lo viscoso aparece como un líquido visto en una pesadilla y tal que todas sus propiedades, animándose con una especie de vida, se volvieran contra mí. Lo viscoso es el desquite del En-sí. Desquite dulzón y femenino, que se simbolizará en otro plano por la cualidad de lo azucarado. Por eso lo azucarado, como dulzor -dulzor indeleble, que permanece indefinidamente en la boca y sobrevive a la deglución- completa a la perfección la esencia de lo viscoso. Lo viscoso azucarado es el ideal de lo viscoso: simboliza la muerte azucarada del Para-sí (la avispa que se mete en el dulce y se ahoga en él. Pero, a la vez, lo viscoso soy yo, por el solo hecho de que he intentado una apropiación de la sustancia viscosa. Esta succión de lo viscoso que siento en mis manos insinúa una especie de continuidad entre la sustancia viscosa y yo. Estas largas y blandas columnas de sustancia que bajan desde mí hasta la capa viscosa (como cuando, por ejemplo, tras haber sumergido la mano en miel, la retiro) simbolizan una especie de derrame de mí mismo hacia lo viscoso.»

Jean Paul Sartre, El ser y la nada

 

 

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